cuaderno amarillo lunares

Todo empieza fuera de los recuerdos; sigue con juegos, con eso que nos gusta, con todo lo que asoma en nosotros y empezamos a descubrir. Un proceso continuo nos atraviesa… y más acá, comienzan las decisiones, la búsqueda de lo desconocido… un camino que entendemos nuestro en cada confirmación y que lo sigue siendo en las decepciones. Lo mejor de todo es que aquel viaje se origina para nosotros, aún antes que nosotros. A ese andar debemos subir sea cual fuese la realidad del hoy, aún si la niebla cubriera nuestros ojos y la visión tardara por un tiempo; porque ahí, donde el cielo y la tierra se unen, comienza nuestro horizonte.

Este es mi cuaderno amarillo lunares; el color de sala y de mis “cinco” (viajaba en una bolsita de tela, junto al vaso plegable que lograba encerrar mi fascinación) y en una de sus hojas las letras de
“FLORENCIA”, pegadas y vueltas a pegar (recordé todo al verlas y ahí me encontré también, como en un viaje surreal; esos donde el tiempo puede ser maleable). Veo el sol en la ventana, el aula del jardín y me veo, ubicando cada forma recortada. Por el mismo pasadizo llego a mis casi “cuatro” (en casa) donde había empezado la escritura para mí, por curiosidad. Esa tarde, con letras de papel, además de escribir quise
“componer”… pegué la primera arriba, la otra debajo del renglón y la línea de base empezó a zigzaguear. Todavía estaba contenta, cuando la “seño” las despegó todas, para ordenarlas ella misma “como debían ir” . La entendí en respeto y sujeción, (porque hay tiempos para esto también). Así me veo parada junto a ella, mientras sus manos intervienen la obra, pensando convencida (aun en medio de mis inseguridades y del dolor que causa toda destrucción) que no me había entendido. De “parole en libertà” sabría mucho después, aunque eso también había sucedido.
Como si el tiempo se plegara en la dirección de regreso, me encuentro para encontrar este cuaderno; dejando en medio un gran paréntesis de historia. Me gusta la infinidad y esa guía que permite reunirnos frente a nuevos pórticos con los momentos y personas precisas (no hay azar). Agradezco los instantes de convicción profunda (como esa espera silenciosa, de pie junto a la maestra), sólo muestras del Espíritu; y los caminos para aventurarse, andar y desplegar. Porque así, sigo con juegos, con lo que me gusta, también con todo lo que surge en uno para continuar indagando. Como aquel tren, cuento breve y extraordinario de Dabove, o esa espuma de los días de Boris Vian… el tiempo va saltando estaciones por nosotros, llevándonos de primavera a otoño… no nos excede; nos contempla (debemos descansar en esto). Y en este ir y venir del tiempo me veo y pienso (hoy también entre letras), que sin saber bien cómo construir, aunque sabiendo por qué y para qué, aparecen todas las cosas. Como a esa nena que quería escribir, para después pegar e inventar formas nuevas… para hoy decir… para mañana…

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